LITERATURA Y ARQUITECTURA (IV): «LA PLATA DE BRITANIA » Y LAS INSULAE ROMANAS

Insula

Roma, año 70 d.C.

El poder de la dinastía Julio-Claudia, a la que han pertenecido  los emperadores  Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, se extingue con el suicido de este último en 68 d.C. Tras un año 69 d.C. caótico en el que se suceden cuatro emperadores, en 70 d.C. llega al poder Vespasiano, precedido por  éxitos  en su carrera militar tales como el aplastamiento de la rebelión judía en Galilea.

El imperio está sumido en el caos político, militar y sobre todo económico, lastrado por campañas militares como la de Britania. Vespasiano, que se propone sacarlo de la bancarrota reimplantando impuestos y revitalizando el comercio  acomete la restauración de Roma, devastada tras el incendio del año 64 en época de Nerón.

Aureus con la efigie de Vespasiano
Aureus con la efigie de Vespasiano.  Wikimedia Commons

La población de Roma crece sin tregua:  la ciudad ya ha rebasado sus antiguas murallas y se acerca al millón de habitantes; crecen de forma irregular barrios populares, con condiciones insalubres y amenizados por el ruido y el bullicio de  los comercios y lupanares,  de los animales de corral y del tránsito de los carros tirador por mulas.

En uno de estos barrios vive Marco Didio Falco.

Un detective en la antigua Roma

«La plata de Britania» es una novela histórico-policíaca escrita en 1989 por Lindsey Davis y que narra las peripecias del investigador Marco Didio Falco, que se ve envuelto a causa de la joven Sosia Camilina en una trama de intriga y una conspiración de alto nivel a partir del robo de unos lingotes de plata procedentes de las minas de plata de Britania.

Estamos ante una ingeniosa y divertida historia de ficción pero también ante un documentado y veraz relato de la vida en la los suburbios y barrios populares de la Roma del siglo I d.C. En el cap. XVII de la novela Didio Falco relata en primera persona la configuración urbana y el ambiente en los barrios a medida que se alejan de las vías principales:

«La calle de la Pelusa se encuentra en el flanco sur del Foro, próxima a los mercados de especias. Era un ejemplo de esas callejas empinadas y tortuosas que salen de nuestras vías principales; apenas alcanzaba el ancho suficiente para el paso de un carro, estaba cubierta de barro seco y atiborrada de desperdicios(…) Se percibía el olor rancio típico de los degenerados que por la noche ocupaban ese territorio(…)»

Resulta interesante la descripción de las condiciones de los alojamientos de las clases populares. De igual  manera que encontramos en los clásicos de la novela negra americana de Dashiell Hammett o  Jim Thompson  detectives privados que son ex policías retirados o despedidos del cuerpo  que atienden a sus clientes en modestos garitos, el protagonista es un licenciado de la Legión II Augusta de Britania que tiene como vivienda-despacho un departamento o cenacula de un bloque residencial en el sector Aventino, distrito decimotercero, al sur del Circo Máximo.

Un establecimiento regentado por una mujer llamada Lenia y destinado a lavandería ocupa toda la planta baja, por lo que las vidas de los vecinos están amenizados a todas horas por los pataleos y aporreos de los mozos sobre la ropa sumergida en tinas de agua caliente y por el olor de la orina utilizada para el blanqueo de las togas. Vespasiano ha impuesto una tasa a estos negocios por abastecerse de orina procedente de las letrinas públicas, pero Lenia aumenta sus existencias libres de impuestos a base de hacer orinar a los vecinos  en cubos dispuestos en la planta baja cada vez que entran o salen del edificio.

El departamento de Didio Falco se encuentra nada menos  que en la planta sexta del bloque. «Cuantos más escalones, más bajo es el alquiler» explica el detective. El cuchitril sólo dispone de una habitación exterior «en la que un perro puede darse la vuelta siempre y cuando sea flaco y meta el rabo entre las patas» y otra interior tras una cortina. No hay cocina ni servicios. A la hora de  hacer las necesidades es habitual, para ahorrarse el bajar y subir escaleras, el paseo hasta los baños públicos y las monedas que cuesta su uso, evacuar desde el balcón.

Insula
Insula Casa de Diana en Ostia, de la que se conserva planta baja y entreplanta. Wikimedia Commons

Las insulae romanas

Los bloques de apartamentos (insulae) habitualmente de un solo propietario que vivía de arrendarlo al completo o por componentes, fueron aumentando su altura a medida que aumentaba la demanda de vivienda y se encarecía el precio del suelo en Roma, hasta alcanzar incluso  las 8 plantas. La estructura vertical estaba formada por ladrillo y opus caementicium y la horizontal por forjados de vigas y viguetas de madera; las cubiertas eran de teja cerámica y los huecos de fachada carecían de vidrios, por lo que se cerraban con postigos de madera. Generalmente carecían de agua potable,  saneamiento y cocina, por lo que los inquilinos habían de acudir a los baños públicos y a las casas de comida preparada o termopolios.

Ocupaban generalmente una manzana completa aislada y rodeada por calles -de ahí el nombre de insula– y constaban de tiendas abiertas a la calle en planta baja-tabernae– una entreplanta para los trabajadores de los locales y plantas altas con departamentos –cenacula– de mayor a menor precio en orden ascendente.

Insulae-Reconstruccion
Reconstrucción de la  Insula Casa de Diana en Ostia. Wikimedia Commons

La  búsqueda de mayor rentabilidad del suelo llevó a una reducción progresiva del espesor de los muros de carga, lo que unido al mencionado aumento del número de plantas fue causa de numerosos derrumbes. Todo a pesar de  advertencias como ésta:

«Las paredes de adobe, a no ser  que tengan dos o tres hileras de adobe, con un ancho de pie y medio, únicamente pueden soportar encima un piso» (Vitruvio, De Architectura, II, 8, 17).

Eran además frecuentes los incendios, por la abundancia de madera en la estructura y la utilización de braseros. Todo ello  llevó a las  autoridades a dictar regulaciones como la limitación  en el número de plantas y restricciones en los materiales a utilizar.

Pese a todo lo anterior la especulación inmobiliaria continuó siendo un lucrativo negocio con el que acumularon ingentes fortunas aristócratas romanos como Marco Licinio Craso, que llegó a ser el hombre más rico de la República.

Para saber más:

  • «La plata de Britania», Lindsey Davis. Edhasa, 20182
  • El negocio de las rentas inmobiliarias en Roma: La explotación dela ínsula. Ana Belén Zaera Gacía
Alberto del Rio
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